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Revisitando el lago de Atitlán

Ir a Pana es uno de los paseos juveniles clásicos para los guatemaltecos. Le llamamos Pana a Panajachel, el pueblo más turístico ubicado frente al lago de Atitlán. Pana significa fiesta, paisaje y alegría. Tres horas separan a Panajachel de la Ciudad de Gautemala. Visité por primera vez Panajachel cuando tenía quince años, en una excursión de la escuela secundaria. Fue toda una aventura, esa vez fue la primera que besé a una chica. Regresé enamorado, queriendo regresar y vivir para siempre en Pana, a orillas del lago, siendo feliz. Una semana después, la chica me dijo que estaba confundida y regresó con su novio. Odié Pana.

Años después, ya universitario, regresé a Panajachel. Con unos amigos vimos en los anuncios clasificados de internet que había una excursión barata y nos aventuramos a ir. Conocimos un grupo de extranjeras con las que bailamos en una disco, pero después de bailar con nosotros se fueron solas a su hotel, rompiendo nuestras ilusiones aventureras. Al día siguiente fuimos a San Pedro La Laguna, uno de los pueblos que rodean al lago. Ahí nos unimos a un grupo de jóvenes que cantaban junto a un grupo de música, mientras la cerveza y el buen ambiente nos acompañaba. Conocí a una chica de la que hice amigo y meses después novio. Ese amanecer junto a ella, con el lago como escenario de fondo, es uno de mis recuerdos más preciados. Tiempo después rompimos con la chica, pero el recuerdo siempre quedará.

Recién volví al lago y recordé este par de aventuras. Esta vez no volví para fiestear o para aventurar. Fui para encontrar en la belleza del lago un poco de paz y sobre todo inspiración.  Decidí renunciar a mi puesto en una empresa importante e iniciar un pequeño emprendimiento propio en  la ciudad de Guatemala. Hay mucha ilusión, pero también mucha incertidumbre. Después de terminar con los asuntos obligatorios en la empresa que dejé, me decidí volver a visitar al lago y encontrar en la naturaleza algo de tranquilidad. En los días en que estuve en San Marcos, otro pueblo de los que rodea al lago, me levantaba a ver el amanecer esperando encontrar en las primeras luces del día, en aquel majestuoso lago, inspiración para regresar a casa y empezar algo totalmente nuevo. A uno de esos amaneceres le tomé la foto que ilustra este post. Y aquí estoy de regreso, ya listo para seguir adelante, con las pilas totalmente recargadas y mucho trabajo por delante.

Camino al mar

Foto: Morro Bay, California, por Mike Baird

En un viaje en auto a la playa, Lucía, una niña de cinco años observa fascinada el camino por la ventana. Señala los campos de cultivo, las casas bonitas, el sol del atardecer. Es feliz. Su fascinación contagia a toda la familia, que va de vacaciones al mar. Hacen unas cuantas paradas para tomar fotos. Lucía es la más pequeña de tres hermanos, el más grande de doce años.

Al llegar al destino y bajarse del auto la niña no se muestra curiosa por el mar.

—¡Ya quiero regresar papi! —dice la nena a su padre, aún fascinada por el mundo que vio por la ventana del auto.

Todos sonríen, el mar suena al fondo y hay un lindo atardecer. Todos saben que cuando llegue la hora de partir, la pequeña Lucy no va a querer dejar el mar.