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El placer de viajar

El placer que obtenemos de los viajes depende en mayor medida de las condiciones anímicas con las que vamos que del destino de nuestro viaje. Bastaría con abordar nuestros escenarios habituales con la disposición del viajero para que estos enclaves se revelasen de no menor interés que los desfiladeros y las selvas repletas de mariposas de la Sudamérica de Von Humboldt.

—Alain de Botton, en El Arte de viajar.

García Márquez y la vergüenza de ser turista

No sé de dónde viene la vergüenza de ser turista. A muchos amigos, en pleno frenesí turístico, les he oído decir que no quieren mezclarse con los turistas, sin darse cuenta de que, aunque no se mezclen, ellos son tan turistas como los otros. Yo, cuando voy a conocer algún lugar sin disponer de mucho tiempo para ir más a fondo, asumo sin pudor mi condición de turista. Me gusta inscribirme en esas excursiones rápidas, en las que los guías explican todo lo que se ve por las ventanas del autobús, a la derecha y a la izquierda, señores y señoras, entre otras cosas porque así sé de una vez todo lo que no hay que ver después, cuando salgo solo a conocer el lugar por mis propios medios.

—Gabriel García Márquez, en El País

Viajar, un acto de humildad

El arte de viajar, en todo caso, supone un acto de humildad permanente, porque descubres que te equivocas más de lo que podías pensar. Tus prejuicios se desvanecen y tus principios se recortan en número, aunque se hacen más fuertes en calidad. Un buen viaje es aquel que cambia algo en tu interior, y que te enseña, a través de los ojos de los otros, algo nuevo sobre ti mismo.

Y sobre todo, el viaje requiere una buena dosis de humor. Hay que aprender a reírse, en particular de uno mismo. Porque si uno aprende el valor de burlarse de sí mismo, tiene tema para reírse toda su vida.

Javier Reverte, en El País.

Viajar con comodidad

Me gusta viajar con comodidad, especialmente cuando me pagan el viaje. Utilizaba, por consiguiente, los coches-camas; el día antes había encargado un departamento de primera clase, y ahora me encontraba instalado en él. Sin embargo, tenía fiebre, fiebre de viajar, como me ocurre siempre en tales ocasiones, pues salir de casa sigue siendo para mí una aventura y en cuestiones de viaje nunca llegaré a estar completamente curado de espantos. Sé muy bien que el tren de la noche para Dresde sale todas las tardes de la Estación Central de Munich y llega a Dresde por la mañana. Pero, cuando viajo solo en tren y mi suerte está unida a la suya, la cosa se torna grave. Entonces no puedo sacarme de la cabeza la idea de que el tren parte aquel día exclusivamente para mí, y este error irracional tiene naturalmente como consecuencia, una excitación interna, profunda, que no me abandona hasta que no he dejado tras de mí todas las formalidades del viaje, el trabajo de hacer las maletas, el trayecto de casa a la estación en un taxi cargado de bártulos, la llegada a la estación, la facturación del equipaje, y hasta que no me sé definitivamente bien instalado y en seguida. Entonces, indudablemente, me entra una laxitud y bienestar en todo el cuerpo, el espíritu se interesa por otras cosas, la gran atracción de lo lejano se descubre tras la bóveda de vidrio y el corazón goza de la placentera espera.

Thomas Mann, en Accidente ferroviario

Encuentros

Los encuentros constituyen el encanto de los viajes. ¿Quién no siente alegría de un encuentro inesperado, en mil lugares del país, con un parisino, un compañero de colegio, un vecino del campo? ¿Quién no ha pasado la noche con los ojos abiertos, en la incómoda diligencia que discurre por unas comarcas donde el vapor es todavía ignorado, al lado de una muchacha desconocida, entrevista solamente a la débil luz de la lámpara, desde que ella sube al coche ante la puerta de una blanca casa de un pueblo?

—Guy de Maupassant, en “Encuentro”

Un viaje es una lectura

Todo viaje es una lectura. Hacia el final de la jornada uno suspira como cuando está por terminar un buen libro: “¡Falta tan poco!”. Un buen viaje y un buen libro son experiencias que, como decía José Balza del sexo, queremos que sean para siempre, pero deben terminar.

—Federico Vegas, en Prodavinci

Viajar es vivir con intensidad

Los viajes, decía Descartes, sirven para conocer las costumbres de los distintos pueblos y para despojarnos del prejuicio de que sólo se puede vivir de la manera a que uno está acostumbrado en la propia patria. Los viajes nos hacen más abiertos, comprensivos, inteligentes y sensibles, al darnos cuenta que en todos sitios hay bondad y maldad, belleza y fealdad, buenas y malas gentes. Es la llamada ‘Luz de la Antropología’, que dice que todos pertenecemos a la especie humana, aunque presentemos distintas e interesantes caras y perspectivas. Viajar es vivir con intensidad, abrirse al mundo, dar y recibir, volver a tu casa cargado de hermosas experiencias que luego nos aliviarán del duro camino de cada día.

—José Luis Rozalén, en LasProvincias.es

En los viajes se ve el amor

Un viajero es básicamente un tipo solitario con los ojos bien abiertos, que escruta el mundo. Observa a sus compañeros de vagón, de compartimiento, de sillón. Come solo en restaurantes móviles o flotantes, sin dejar de pensar. Y piensa y escribe porque está solo. Lee los periódicos y anota algunas opiniones. Lee algún libro y lo subraya, por lo general de autores del lugar por donde pasa. Desde la soledad los demás se ven no como individualidades sino como tipos humanos (formas humanas). En los viajes se ve, por ejemplo, el amor. Todo el mundo ama a alguien. Todos extrañan a alguien que vino al aeropuerto o a la estación y les hizo, a lo lejos, un sentido adiós.

—Santiago Gamboa, en Prodavinci.

Lo que siempre ha estado allí

Los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí.

Roberto Bolaño, en El gaucho insufrible

Catálogos de vacaciones

Me gustaban los catálogos de vacaciones, su abstracción, su manera de reducir los lugares del mundo a una secuencia limitada de placeres posibles y tarifas; apreciaba especialmente el sistema de estrellas para indicar la intensidad de la felicidad que uno tenía derecho a esperar. Yo no era feliz, pero valoraba la felicidad, y seguía aspirando a ella.

—Michel Houellebecq, en Plataforma.