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El exceso de equipaje social

Imagen: Daniel Iversen

Cuando viajamos estamos conscientes de nuestro equipaje: lo tenemos que cargar al avión y eso nos puede costar dinero. Sabemos también lo cansado que es andar por el aeropuerto con exceso de equipaje. Aquí mismo hemos hablado sobre cómo hacer maletas. Sin embargo, hay ahora un equipaje moderno que llevamos siempre. Son las redes sociales y sitios web a los que estamos afiliados. Sigue leyendo

Viajar, un acto de humildad

El arte de viajar, en todo caso, supone un acto de humildad permanente, porque descubres que te equivocas más de lo que podías pensar. Tus prejuicios se desvanecen y tus principios se recortan en número, aunque se hacen más fuertes en calidad. Un buen viaje es aquel que cambia algo en tu interior, y que te enseña, a través de los ojos de los otros, algo nuevo sobre ti mismo.

Y sobre todo, el viaje requiere una buena dosis de humor. Hay que aprender a reírse, en particular de uno mismo. Porque si uno aprende el valor de burlarse de sí mismo, tiene tema para reírse toda su vida.

Javier Reverte, en El País.

Turistas en la mira, por NatGeo

Una parte oscura de las ciudades más visitadas son los grupos organizados que se dedican a estafar a los turistas extranjeros incautos. Desde la treta clásica de ofrecerte entradas más caras para no hacer fila en un museo, hasta taxistas que portan armas y forman parte de redes de drogas y prostitución. Tal parece que el turista es muchas veces la víctima a quien los depredadores esperan hincar el diente.
Turistas en la mira es un programa de televisión en el que el periodista Connor Woodman descubre las estafas y los abusos cometidos en los destinos turísticos top mundiales. Se transmite por el canal de cable NatGeo. Woodman busca a los estafadores y sufre en carne propia las estafas. Luego busca él mismo a los que están detrás de esos abusos. Un programa interesante que descubre esa parte oculta del negocio turístico del que ningún operador turístico querría hablar.

En el sitio del programa en NatGeo:

Todos los años, cientos de millones de turistas viajan a países extranjeros en busca de aventuras, y todos los años, millones de ellos se encuentran con más aventuras de las que esperaban. Todos podemos ser víctimas de un delito pero parecería que a los turistas les pasa con mayor frecuencia.

Pero a no desesperar, viajeros temerosos, que la ayuda está en camino.
Esta serie viaja a las ciudades más hermosas del mundo y las revela desde el punto de vista de sus ladrones y sus estafadores. En cada lugar, cada turista es una víctima en potencia.

Las 20 ciudades más visitadas del mundo

La emisora de tarjetas de crédito MasterCard ha elaborado un documento denominado MasterCard Global Destination Cities Index, en el cual se listan las ciudades del mundo más visitadas.

La encabeza Londres, con 16,9 millones de visitantes extranjeros. Le siguen París, Bangkok, Singapur y Estambul, para completar los primeros cinco puestos.

Las ciudades españolas de Madrid y Barcelona ocupan el puesto 7 y 15, respectivamente.

La lista es la siguiente:

  1.  Londres
  2. París
  3. Bangkok
  4. Singapur
  5. Estambul
  6. Hong Kong
  7. Madrid
  8. Dubai
  9. Frankfurt
  10. Kuala Lumpur
  11. Seúl
  12. Roma
  13. Nueva York
  14. Shanghai
  15. Barcelona
  16. Milán
  17. Ámsterdam
  18. Viena
  19. Beijing
  20. Taipei

Viajar a la antigua

Hemos escrito acá sobre maneras de aprovechar las redes sociales, internet, dispositivos electrónicos, etc. Todo eso está bien. Pero a veces en el camino me pongo a pensar en si todo eso es tan necesario como dice todo el mundo. Ver los logos de Facebook y Twitter por todos lados me aburre un poco. Síguenos, dicen todos, absolutamente todos. Hasta me alegra encontrar un blog o sitio web sin esos logos. Yo ya quité el de facebook de esta página.

Cuando se podría disfrutar de un hermoso atardecer en la playa, de repente suena la blackberry. En medio de una plática amena en un buen lugar, suena el iPhone. Nos enojamos al enterarnos de que el destino que visitamos no tiene una aplicación turística para android. Un hotel o restaurante ya no son sólo evaluados por su comida y servicios, sino por si tienen wifi, facebook o están listados en Google Maps. En los aeropuertos sin wifi se mira gente desesperada porque no puede ver su correo o sus últimos mensajes del Twitter. Especialistas escriben todos los días sobre una nueva aplicación, sobre la obligatoriedad de la presencia en redes sociales, sobre la última aplicación del iPad para los viajeros.

¿No será que estamos exagerando con la importancia de lo digital? Viajar antes no incluía móviles ni tablets ni aplicaciones. No había necesidad de postear la última foto en el Facebook. Y la gente era igual de feliz viajando por el mundo. Me parece que a veces es el smartphone el que posee a la persona, cual si fuera un espíritu. Las herramientas son útiles, claro está, pero dudo de su verdadera utilidad cuando éstas son las que terminan poseyendo a su propio dueño y haciéndolo además esclavo del wifi, de las actualizaciones y de las aplicaciones.

Quizás de vez en cuando sea interesante viajar a la antigua, como antes. Caminar por ahí sin un móvil con roaming a cuestas. Sin preocuparse de si hay retuits. Como antes, como cuando ni siquiera era posible que existiera esta página web en donde lees este texto.

Los candados del amor del Pont des Arts

Foto: Davide Oliva

Pont des Arts (Puente de las Artes en español) es un puente de París que une el Museo de Louvre con el Instituto de Francia, por encima del río Sena. Construido entre 1801 y 1804, fue el primer puente metálico de París. Ha sido noticia porque en los últimos años se ha instaurado la tradición romántica de las parejas enamoradas, que escriben sus nombres en el candado, lo colocan en el puente y luego tiran la llave al Sena.

A diferencia de los candados del amor en el Ponte Milvio, en Italia, el origen de esta tradición reciente es desconocido.

Fotos en Flickr.

Viajar como un niño

Foto: Feliciano Guimarães

Los niños se enfrentan a un viaje por mar con un cepillo de dientes y un osito de peluche; para dar la vuelta al mundo ponen en la maleta un par de calcetines desparejados, una caracola y un termómetro; libros y piedras, y plumas de faisán, barritas de chocolate, pelotas de tenis, pañuelos sucios y trozos viejos de cordel les parecen los objetos más necesarios para un viaje, y Amy, aquella tarde, hizo el equipaje con la misma falta de premeditación que todos sus iguales. Volvió tarde a casa después del almuerzo y tuvo que retrasar la huida, pero no le importó. Tomaría uno de los trenes que circulaban a última hora de la tarde; uno de los trenes que utilizaban las cocineras. Su padre estaba jugando al golf y su madre había salido. Una asistenta limpiaba el cuarto de estar. Cuando Amy terminó de hacer el equipaje, fue al dormitorio de sus padres y tiró de la cadena del cuarto de baño. Mientras corría el agua cogió un billete de veinte dólares del tocador de su madre. Luego bajó la escalera, salió de la casa y fue andando por Blenhollow Circle y Alewives Lane hasta llegar a la estación. No se sentía pesarosa ni con ganas de decir adiós a nadie. Repasó los nombres de las amigas que tenía en Nueva York, por si acaso decidiera no pasar la noche en un museo. Cuando abrió la puerta de la sala de espera, el señor Flanagan, el jefe de estación, hurgaba en el fuego de carbón de la chimenea.

—Quiero un billete para Nueva York —dijo Amy.

—¿Un solo trayecto o ida y vuelta?

—De ida sólo, por favor.

John Cheever, en Las amarguras de la ginebra

Viajar con comodidad

Me gusta viajar con comodidad, especialmente cuando me pagan el viaje. Utilizaba, por consiguiente, los coches-camas; el día antes había encargado un departamento de primera clase, y ahora me encontraba instalado en él. Sin embargo, tenía fiebre, fiebre de viajar, como me ocurre siempre en tales ocasiones, pues salir de casa sigue siendo para mí una aventura y en cuestiones de viaje nunca llegaré a estar completamente curado de espantos. Sé muy bien que el tren de la noche para Dresde sale todas las tardes de la Estación Central de Munich y llega a Dresde por la mañana. Pero, cuando viajo solo en tren y mi suerte está unida a la suya, la cosa se torna grave. Entonces no puedo sacarme de la cabeza la idea de que el tren parte aquel día exclusivamente para mí, y este error irracional tiene naturalmente como consecuencia, una excitación interna, profunda, que no me abandona hasta que no he dejado tras de mí todas las formalidades del viaje, el trabajo de hacer las maletas, el trayecto de casa a la estación en un taxi cargado de bártulos, la llegada a la estación, la facturación del equipaje, y hasta que no me sé definitivamente bien instalado y en seguida. Entonces, indudablemente, me entra una laxitud y bienestar en todo el cuerpo, el espíritu se interesa por otras cosas, la gran atracción de lo lejano se descubre tras la bóveda de vidrio y el corazón goza de la placentera espera.

Thomas Mann, en Accidente ferroviario

Encuentros

Los encuentros constituyen el encanto de los viajes. ¿Quién no siente alegría de un encuentro inesperado, en mil lugares del país, con un parisino, un compañero de colegio, un vecino del campo? ¿Quién no ha pasado la noche con los ojos abiertos, en la incómoda diligencia que discurre por unas comarcas donde el vapor es todavía ignorado, al lado de una muchacha desconocida, entrevista solamente a la débil luz de la lámpara, desde que ella sube al coche ante la puerta de una blanca casa de un pueblo?

—Guy de Maupassant, en “Encuentro”